OCHO DE FEBRERO
Aquel ocho de febrero tenía prisa. Claro, siempre tengo prisa. Siempre hay algo que hacer aunque no haya que hacer nada. Es mi mejor manera de darle al botón de apagado, al botón de no sentir. Hablar a trompicones y dar por terminada la conversación a los dos minutos. Me preguntaste por el niño, qué has comido, hace frío. Y yo te dije feliz cumpleaños, con más pena que gloria, aturdido por ese tiempo sin retorno, por esos billetes sin vuelta a ese lugar que tanto nos asustaba. Supongo que te dije algo convincente para colgar, y al otro lado del teléfono oí el sonido de la eternidad. - Barruntar la cosmogonía de tu ausencia - Me dije ahí sigues, no importa, ¿o sí? ni el cómo ni el dónde si ahí sigues. No hubo más cumpleaños. No hubo más prisas. Ahora viajo en esa espiral infinita de los que no pueden ni quieren olvidar. Esta pequeña odisea sin ti. Este fragmento de universo en el que no me rindo en buscarte. Esta lista de cosas asombrosas que hoy tampoco pasarán. Este flujo ...