A Rubén le van a dar pronto las notas. Sabe que no va a aprobar casi ninguna, pero también sabe que al menos no va a haber constancia escrita de ello. Parece ser que aquí en España las notas las dan en una aplicación, y no sabe por qué motivo sus padres no son capaces de bajársela. Nadie tiene la culpa, se dice. Nadie tiene la culpa, le dijo la de lengua. Nadie tiene la culpa - se repite - de que llegaras en el tercer trimestre, de que tus padres entre comer y libros, elijan comer. De que no entiendas nada de este sistema educativo, porque en tu país eras el segundo de la clase, y nunca reprobaste. Le ha dicho el de inglés que en septiembre empieza todo de nuevo, como si estuviera en una carrera de cien metros lisos, y tiene que volver a la casilla de salida, como cuando en primavera de nuevo todo florece, y puede empezar de cero, a aprender, a hacer nuevos amigos, a entender, esta vez sí, de qué hablan los profes. Porque él no conoce el concepto de escuela inclusiva, pero aún recuerda aquel día en que se fueron de excursión a la sierra, y él se puso su camiseta del Real Madrid, y Dani lo llamó dándose golpes al corazón; él no entendió al principio, pero luego lo pilló, y de alguna manera sintió que estaba creando lazos, que podía reengancharse a la vida a través de esos pequeños gestos, que no todo en España iba a ir mal, y que aunque echaba de menos su país, sabía y entendía a sus papás cuando le explicaban que al principio sería duro, que las cosas en su país no andaban bien. Él sabe, porque ya tiene quince años, y porque recuerda sonidos, recuerda visiones que dan la razón a sus padres, pero no quiere acordarse de esas visiones y esos ruidos, por eso cada vez que se le vienen a la cabeza, se tapa con disimulo los oídos y cierra con fuerza los ojos. Y de repente cuando los abre ve a Irene, su profe de Biología, que siempre tan dispuesta los hizo caminar kilómetros y kilómetros por la sierra, y él con discreción se quedaba siempre a su zaga. Rubén cree, que Irene tiene luz. Irene, por tener, tiene hasta un huerto en el insti. Los lleva a regar las flores, y a arrancar las verduras que ya no van a dar más de sí. Rubén quiere contarle a Irene que en su país, el cedro, la caoba o el guayabo crecen rapidísimos, porque Rubén también tiene vivencias, y quiere compartirlas, porque Rubén es como una enredadera agarrándose a la vida que le ha tocado vivir, y porque aunque Rubén lo ha suspendido todo, ha sacado sobresaliente en esperanza.

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