LA TEORÍA DEL RAYO

 LA TEORÍA DEL RAYO

Mi abuela tenía ese halo que no todas las personas tienen y que consiste en que no sabes si les tienes miedo o respeto, porque de repente podía hacerte sentir que eres gilipollas por preguntar demasiado, o incluso por quererla demasiado. Una de las normas que intuí tenías que cumplir para llevarte bien con ella es que nunca podía repetirte las cosas dos veces, así que si te quedabas con la duda, o te jodías, o investigabas por tu cuenta. Y una con diez años, sin haberse imbuido de método científico, casi siempre aceptaba las palabras de la abuela como dogma, las interiorizaba, y nunca más se las volvía a replantear.
Era verano de 1995. Mis padres, que supongo necesitaban gritarse a gusto antes de separarse, me habían mandado a la casa de la abuela en su aldea, y yo no tuve otro entretenimiento que fantasear con Hugo, un niño de pelo rubio y que gobernaba la aldea a sus anchas, un ser mitológico seguro de sí mismo que corría y saltaba por la maleza como si él mismo la hubiera sembrado. Aparecía por la valla con sus secuaces tras él, y me dirigía miradas de condescendencia - las que hoy más detesto - en las que yo interpretaba: eres la niña tonta de ciudad, pero como tu abuela y mi abuela se llevan bien, no voy a meterme contigo. Yo, como boba, me limitaba a suspirar. No sé si mi abuela notó los suspiros y se alertó. Ese es el nieto de Emilia, ni te acerques a él. Es más malo que un rayo. ¿Más malo que un rayo? Me dije. Fue la primera vez que me replanteaba un dogma de la abuela: a mí los rayos me parecen hermosos, al menos desde la distancia, y cada vez que aparecía corriendo por detrás de la valla de la casa, se me encendían luces en algún lugar recóndito de mi cuerpo, por lo que empecé a convencerme de que Hugo, ser mitológico del rayo, no podía ser tan malo. Un día decidí correr tras él y sus secuaces, rememorando ese poema de Luis Alberto de Cuenca, a Marte o al cuarto de la plancha, pero contigo, por favor. Creo que alguno de ellos me detuvo, no me acuerdo, no sé, quizás es que Hugo, como rayo, corría mucho más rápido que Forrest Gump, y mi primer intento de romance quedó como muchos otros quedarían después: en un quiero y no puedo. De cuerpo para fuera. Porque dentro de mí, seguro que por ese enorme diferencial entre protones y neutrones, Hugo se había convertido en mi marido. Entré en casa y miré a mi abuela desafiante. Estoy casada con el rayo y mira qué bien se me ve. No siempre llevas razón. Por supuesto, lo dije en silencio, pero lo dije. Ella en cambio me anunció con cierta frialdad que si me acordaba de la tormenta de anoche. Sí, le dije. Pues el nieto de Emilia ha muerto electrocutado. Así, sin más. El rayo electrocutado por un rayo. Así, tan de repente. Y yo me quedé viuda a los doce. Suerte que cuando mamá y papá se separaron, la abuela se fue a vivir con mamá y vendió la casita de la aldea. No hay nada mejor para olvidar un trauma que cambiar el escenario de los hechos. No volver jamás. O al menos no volver hasta que pasaran dos lustros.
Verano de 2005. Acompaño a la abuela a la aldea. No tiene casa pero quiere ver a sus vecinas. Está emocionada. Ha perdido o está perdiendo el halo del que os he hablado. Quiere saludar a la hija de su amiga Emilia, que en paz descanse. Tengo que acompañarla porque ella ya no se apaña sola para andar. Yo no digo nada. Solo rememoro. Nos aproximamos a la ventana antes de llamar al timbre. Hay un adonis de pelo claro sentado en una butaca, mira la tele con el desparpajo de quien cree que nadie ni nada podrá emocionarlo. -Ese es Hugo- dice mi abuela. -¿Cómo que Hugo? - pregunto yo nerviosa, ¿Hugo no murió electrocutado? - No. Eso fue el primo. - Contestó ella despreocupada, constatando a la vez que su nieta era sorda e idiota. Yo temblé mucho. ¡El amor de mi infancia resucitado! ¡El niño con el que todos los demás hombres tuvieron que compararse inevitablemente! Me acerqué a Hugo con los ojos desorbitados, como si estuviera viendo un fantasma. ¿Te acuerdas de Laura, mi nieta? - le preguntó mi abuela al fantasma mientras yo observaba palpitante - Y él respondió sin levantarse del sillón: no.


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